La lluvia no paró.
Siguió cayendo, día tras día, convirtiendo la tierra en lodo y los ríos en furia. Ahora partes de Texas se están ahogando. Cerca de la frontera con México, el agua arrasó pueblos que pensaban que habían visto lo peor.
¿El río Guadalupe? Se elevó ocho metros en una sola hora.
Los residentes se esconden en el interior, pegados a las paredes, rezando para que el techo aguante. Las líneas eléctricas se apagaron, dejando a miles de personas en la oscuridad. Los barcos sacaban a la gente de los tejados y luchaban desesperadamente por alcanzar terrenos más elevados. Aún no se han reportado cadáveres, lo cual es una suerte, porque el recuerdo aquí todavía está crudo.
El pasado 4 de julio, este mismo río mató a más de cien personas.
Veinticinco de ellos eran niños.
Piensa en eso.
Camp Mystic, el campamento exclusivamente para niñas cerca de Kerrville. Los propietarios, los consejeros, los niños, arrastrados por cuarenta y ocho horas de agua que convirtieron el paraíso en un cementerio. La gente no olvida ese tipo de pérdida. Se te pega.
Ahora las aguas vuelven a subir. Mismo río. Semana diferente.
Al agua no le importa si estás preparado.
Seguimos reconstruyendo en llanuras aluviales como si tuviéramos otra opción. Al igual que las leyes concretas y de zonificación pueden negociar con la gravedad. Pero la naturaleza siempre cobra lo que le corresponde.
¿Quién está listo para evacuar esta vez?





























