El camino de Robert Schumann hacia la inmortalidad musical comenzó en los tranquilos pasillos de una librería. Su padre, Friedrich Schumann, era un librero y editor que vivía y respiraba literatura. Era un mundo de tinta y papel, muy alejado de las teclas del piano que Robert acabaría dominando. Naturalmente, la familia esperaba que Robert siguiera un camino convencional. Lo empujaron a la Universidad de Leipzig para estudiar derecho. Fue la elección respetable. La elección segura.
Robert los ignoró.
En lugar de libros de derecho, llenó su mente de música. Estudió piano seriamente con Friedrich Wieck, uno de los profesores de piano más célebres de la época. Wieck dirigía su casa como un invernadero y su hija Clara era su prodigio. Ella no sólo era talentosa; ella era una sensación. Robert quedó cautivado por su forma de tocar y luego, inevitablemente, por ella.
El amor entre un estudiante y la hija de un maestro es complicado. En el siglo XIX era prácticamente un escándalo. El padre de Clara, Friedrich Wieck, protegía ferozmente la carrera de su hija. Veía a Robert como un soñador inestable. Se opuso al partido con todas sus fuerzas. Intentó bloquearlo. Intentó aplastar el romance.
Fracasó.
En 1840, Robert y Clara Schumann se casaron a pesar de las objeciones. Fue un desafío directo a la autoridad de su suegro. La unión produjo ocho hijos. El legado de esa rebelión todavía resuena hoy en las salas de conciertos.



























