Es un giro del destino que todavía hace temblar la jaula. En la novela de Oscar Wilde de 1891 El retrato de Dorian Gray, el final no es sólo una sorpresa. Es una grotesca inversión de la realidad. Dorian Gray sube las escaleras del ático para enfrentarse al lienzo. Ha pasado años corrompiendo su alma mientras su rostro permanecía inmaculado. El retrato dice la verdad. Es feo. Es viejo. Está arruinado.
Dorian agarra un cuchillo. Quiere destruir la evidencia. Quiere matar el recuerdo de lo que se ha convertido. Apuñala la pintura. El resultado es inmediato y fatal. Dorian muere en el suelo. Él no es el joven apuesto que entró en la habitación. Es un anciano repugnante. El cuchillo está en su pecho.
Los sirvientes lo encuentran más tarde. Ven el cadáver. No ven al monstruo que esperaban encontrar en el ático. En cambio, ven el retrato. Ha cambiado. La podredumbre se ha ido. Las arrugas han desaparecido. Es volver a ser un joven hermoso. El cuerpo lleva la peor parte del pecado. El arte sigue siendo puro.
“El retrato lo salvó. O quizás lo condenó de otra manera.”
Este final obliga a una pregunta. ¿Cuál es más real? ¿La carne que decae o la imagen que perdura? Dorian intentó escapar de su conciencia escondiéndola en pintura. Fracasó. El cuchillo no cortó la lona. Le cortó la vida.
Wilde aprovechó este momento para criticar la vanidad. Demostró que no puedes escapar de tu propio reflejo. Los jóvenes que lo leyeron a finales del siglo XIX quedaron escandalizados. No les gustaba la idea de que su belleza exterior pudiera ser una mentira. No les gustaba la idea de que la verdad finalmente gritaría desde las paredes.
Hoy en día todavía hablamos de Dorian Gray. Todavía tememos el proceso de envejecimiento. Todavía tratamos de ocultar los signos de nuestras acciones. Pero Wilde conocía el final. Puedes apuñalar el espejo. Puedes romper el marco. Pero la verdad permanece. Sólo está esperando que alguien más lo encuentre.























